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HISTORIAS DEL CAFÉ EXPRESSO

Cuba

Ahora mismo, al tomar un trago a este ron lo recuerdo: Fue una tarde de Octubre cuando, por el trabajo, tuve que ir a ese pueblo de los que llaman mágicos, se llevaba a cabo un congreso de educación, evento que aglomeraba a personalidades del ámbito, pero también a otros mas terrenales como yo.

Tenía reservada una habitación con una vista maravillosa al valle y las montañas. El clima era muy agradable, una brisa otoñal permeaba la ciudad con aromas a chocolate y café caliente, el sol aparecía de vez en cuando, pero lo mejor de todo era que, a pesar de que había nubes, no llovía; cosa que me parecía muy buena pues me permitía salir a caminar por el pueblo.

El primer día de haber llegado te conocí y me bastaron solo unas horas para enamorarme, recuerdo el olor fascinante de tu perfume que me hizo acercarme a ti y para mi fortuna ser descubierto olfateando tu fragancia desde mi asiento. Tu sonrisa, al darte cuenta que te olfateaba, me hizo olvidar mis miedos y sentarme a tu lado solo para indagar el nombre de la fragancia.  -360º Red-- Dijiste. –Gracias, nunca lo olvidaré– Te respondí mientras chocaba mi taza de café con tu chocolate caliente. La tarde se fue muy de prisa entre las historias de tu adolescencia y las canciones de Sabina, que me hacían recordar vívidamente, a una geografía distinta en esos pasados míos también.

Me hablaste de la Habana, mi eterna Habana, con sus edificios atrapados en pasados felices pero presentes precarios, con sus “descargas” de sones llenos de fortaleza que bailan al ritmo de tristezas y añoranzas. Probamos los moros con cristianos mientras la noche iba madurando, me hablabas de Cuba mientras los mojitos acompañaban tus palabras y las mías. Me encantaron tus ojos, tu sonrisa, tu forma de hablar, tus risos perfectos, tus caderas, tu cintura, tus subrepticios senos; irradiabas una luz descomunal, típica de los seres etéreos, mientras hablabas miraba el café claro de tus ojos y me saboreaba el carmesí de tu boca.

No se si eran los mojitos que bailaban en mi cabeza o era mi sensatez luchando con mi corazón que me hicieron marearme un poco al invitarte a bailar, increíblemente mis dos pies izquierdos se movían sincrónicamente con los tuyos: - ¡Vaya magia que provocas en mi! – Me dije a mi mismo mientras tocaba tu cintura. El sentir tu piel me hizo saber que sería absorbido por esa luz que irradiabas y, cual si fuese un insecto atraído por la luz, moriría embelesado por la intensidad y el calor.

Después de algunas “salsitas” que me dejaste bailar contigo, fui sincronizando mis movimientos contigo a tal grado que me dijiste: - ¡Que bien bailas! Sorprendido solo atiné a decir: - Deben ser los mojitos… O tu cintura– Sonreíste y me pareció perfecta la escena.  Esa noche al salir del lugar  contigo de la mano. Joaquín se encargó de vaticinar mi afortunado futuro: “Caminito al hostal nos besamos, en cada farola… Yo quería dormir contigo y tu no querías dormir sola”

Fue una noche maravillosa, llena de deseo, pasión, amor y piel canela. Si es cierto que cuando mueres, un collage de imágenes aparecen unos segundos antes del aliento estertor, seguramente las imágenes de esa noche aparecerán en mi muerte, pues fundimos a la Habana y a Xalapa en un crisol de pasados y presentes y fundamos una nuevo paraíso terrenal con tu nombre y el mío.

Me desperté al alba, grabé en mi memoria una última imagen de tu piel canela desnuda y me fui sin despedirme. Sonreí a cada paso hasta llegar al hotel, preparé mis cosas y me fui al Congreso.  A fuerza de ser sincero he de decir que aunque recuerdo completamente lo que paso contigo, no tengo un claro recuerdo de lo que ocurrió en las ponencias, ni si tuve un aprendizaje significativo del evento, al parecer no, pues el aprendizaje significativo me lo robaron tus caderas canela y el escarlata de tu sonrisa.

Al regresar a mi trabajo, tuve que elaborar una síntesis de lo analizado en el Congreso, hice lo mejor que pude, sintetizando las ideas generales de las ponencias, las ventajas y desventajas de tal o cual tema, pero siempre recordándote, preguntándome donde estarías, que estarías haciendo o si me recordarías. Espero que sí, espero que este mexicanito haya dejado una impronta profunda en tu ser y el mariachi inunde tus venas cada vez que pruebes un sorbo de tequila, porque, a fuerza de ser sincero, he de decirte que cada vez que pruebo un mojito, la yerbabuena y el ron me susurran tu nombre en cada trago.

El tiempo pasó, los días se volvieron meses y los meses años. Ayer, cinco años después de haberte conocido, me enviaron a la segunda edición del mismo Congreso, no puedo negar que la emoción me exaltó, pero ya mas viejo o mas maduro, logré contener esos relámpagos adolescentes y me mantuve estoico ante la noticia.  Al llegar, el pueblo parecía haber perdido brillo, los destellos de la modernidad habían apagado aquello que me había encantado aquella vez, a pesar de que me recomendaron otros hoteles, me hospedé en el hotel donde estuve contigo y pude notar que los años habían pasado también por el, las paredes enmohecidas, la madera desgastada, el olor a humedad denotaba la senectud del edificio.

Aunque esperaba encontrarte en alguna conferencia, en alguna calle, en algún café, o en el sitio donde te conocí; lo cierto es que no te encontré por ningún lado. Por lo que regresaba todas las tardes a recordarte en la habitación y a tratar de describir con palabras lo que mi fortuna terrenal me había dejado experimentar aquella noche…

“Entré lentamente a la habitación, las paredes guardaron nuestros secretos durante tanto tiempo, que no sé si su deterioro fue por la falta de mantenimiento o por el olvido de nuestro adiós; el olor a humedad que inundaba el cuarto no se comparaba con tu 360º Red que me enloquecía. Recorrí la habitación y ahí, en ese lugar donde aquella vez me sentí tan vivo, hoy me sentía, por primera vez en mi vida, viejo, golpeado por los años. "Estoy en mi periodo" pensé mientras tomaba un trago grande de whisky…”

By Jaac


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