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¿Qué es la libertad de expresión? (II)




Anteriormente hemos abordado en esta columna el tema de la libertad de

expresión como un derecho fundamental que podría ser vulnerado por la

propuesta de “reformas constitucionales” en materia de comunicaciones

presentada por la presidente Scheinbaum ante la Cámara de Senadores.

Al margen de las implicaciones políticas de esta propuesta; esta situación

nos lleva a reflexionar sobre la naturaleza del derecho a la libre expresión y su

importancia en el mundo actual.


Hemos dicho ya que en el pasado la libre expresión de ideas era muchas

veces reprimida, y hasta castigada, por sistemas teocráticos o monárquicos de

gobierno que hoy han sido sustituidos en la mayoría de los países por alternativas

más democráticas. No obstante en el mundo actual subsisten aún gobiernos que

impiden la libre expresión de las ideas, como el gobierno de los talibanes en

Afganistán o los de las dictaduras “de izquierda” en Venezuela o Corea del Norte,

en donde se ha llegado incluso a prohibir el uso de Internet y usar los medios

radiotelevisivos para difundir sólo programas y contenidos acordes a los intereses

del Estado, encarcelando a quienes se atreven a disentir.



La existencia de las anteriores realidades en la actualidad demuestra que

aún los derechos más fundamentales pueden ser puestos en peligro cuando los

gobernantes pervierten el ejercicio de la política y los gobernados siguen tolerando

que tales partidos o gobernantes dirijan sus vidas como ciudadanos; aquí cabe

recordar la sentencia del político y filósofo irlandés Edmund Burke: "Para que el

mal triunfe solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada"

Ahora, si bien es verdad que los derechos humanos fundamentales deben

ser por naturaleza inalienables también lo es que existen ciertos límites en el

ejercicio de tales derechos cuando formas de pensar distintas se confrontan, o

cuando algunos en pro de una pretendida “libertad de expresión” de sus ideas

sostienen actitudes que van en contra de la moral, como es el caso de quienes


intentan promover el odio racial, la división entre conciudadanos, la apología de la

criminalidad, o el rencor por un pasado histórico que no puede cambiarse ya.

La moral que mencionamos en el párrafo anterior es un conjunto de normas

o leyes que nos indican qué es lo bueno y qué lo malo, y es válida para una época

y lugar determinados, de tal forma que lo que hoy para nosotros es considerado

admisible y hasta normal en otras épocas fue reprobable y hasta castigado; sin

embargo, la moral puede ser revisada por medio de la Ética, que es la parte de la

filosofía encargada de reflexionar sobre la pertinencia o validez de las reglas

morales, así como de su transformación.


Si bien la moral puede ser perfectible, como ya hemos señalado, también

es un elemento importante de cohesión social y de orden cívico. Así pues, el tener

y defender una cierta ideología política, una crítica al estado de cosas actual o la

defensa de ciertos derechos de grupos vulnerables, es parte de esa libertad de

expresión que todos debemos poseer y respetar, y no debe en ningún caso ser

sometida al tamiz de la censura.


La disensión es parte de toda sociedad, sería infantil creer que

absolutamente todos podamos –ni mucho menos debamos- pensar lo mismo, y

aún entre hermanos criados en un mismo ambiente familiar podríamos encontrar

puntos de vista distintos y hasta opuestos en materia de religión, política o

sociedad; es por ello que la libertad de expresión se considera un derecho

inherente del ser humano.


A la vista de la propuesta política que ha dado pie a esta reflexión sobre la

libertad de expresión y el riesgo de que sea vulnerada –contra toda ética posible-

cabe reflexionar qué le depara a nuestro país si estas cosas siguen sucediendo, si

la vida de 130 millones de mexicanos es “dirigida” por un puñado de legisladores

elegidos por sólo 36 millones de los votantes que asistieron a las urnas, y que

representaron una minoría de los inscritos en el padrón electoral (que son en total

poco más de 100 millones de electores), si se mandan al Senado de la República

iniciativas de reformas que ni siquiera los propios legisladores han leído en su

totalidad con la premura de “sacar la reforma a como dé lugar” como muchos de


ellos lo admiten con descaro, si lejos de la sana discusión –y si es el caso

modificación- de estas iniciativas impera la ley de “el que tiene más escaños

manda” y la cerrazón de los más numerosos impone arbitrariamente cualquier

cosa que se les ocurra.

Dejo a ustedes estas reflexiones a título personal esperando que nos

motiven a estar más informados y ser más participativos en los asuntos de interés

nacional, pues finalmente es a través de nuestra voz que podremos ser oídos, y es

con el silencio que seremos ignorados.

Deseo a todos un apacible fin de semana y hago votos por un futuro más

prometedor.


Valente Salazar Díaz

Colaborador



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