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HISTORIAS DEL CAFÉ EXPRESSO

Deshumanización tecnológica

 

              ¿Quiénes somos?, ¿A dónde vamos? Son cuestionamientos profundos que muchos  pensadores han tratado de dilucidar durante siglos. Yo sin considerarme un investigador ávido de información o un filosofo (griego) caminando por las calles con los atavíos característicos de aquellas personas que al mirarlos denotan sabiduría y con el simple hecho de compartir palabras contigo permean tu mundana existencia sintiéndote erudito en cualquier tema como para atreverte a divagar con ellos. Por el contrario soy un tipo común y corriente, talvez mas común que corriente y, que por mis estudios de posgrado, me veo en la necesidad de hacerme estas preguntas que me suponen una pausa en este constante peregrinar por la vida, me dispongo entonces a reflexionar un poco sobre nosotros mismos y nuestra realidad que es también la mía.

              He de mencionar que mi actividad laboral me lleva a desplazarme a una comunidad rural. Triste por todo lo que implica dejar mi prístina geografía pero feliz de viajar; porque al hacerlo, nos volvemos seres más experimentados, mas pensantes, mas sociales y si aderezamos el viaje con los paisajes como los que el estado de Veracruz nos ofrece, es un disfrute total de los sentidos.

              La ocasión a la cual aludiré me remonta a una ocasión cuando en el viaje de retorno a casa el autobús venía ocupado casi en su totalidad, por lo que me tocó en la última  fila,  constaba de cinco asientos, en el lado de la ventilla  estaba un chico de 20 a 25 años, lo inferí por sus características físicas, ropa, etc. En el siguiente lugar me encontraba yo, el asiento contiguo estaba desocupado y después seguían dos asientos ocupados por una pareja de edad avanzada.

              En el preludio del viaje, miraba por la ventanilla pero por la poca visibilidad  que me dejaba el chico que viajaba ahí, decidí voltear la mirada hacia otro lado, me percate que al señor de junto se le había caído una medalla por lo que le comenté ese hecho y me llevé por eso un efusivo agradecimiento y de paso una invitación a una charla amena sobre la historia de la medalla y lo que le había significado para sus vidas (la de él y su pareja), posteriormente el hilo conductor de la charla se perdió, cruzándose temas  tan diversos  como el lugar de su nacimiento, su trabajo de niño, como era la sociedad de aquel entonces, los valores que se inculcaban en sus hijos y nietos, etc.  La historia, a pesar de que duro pocos minutos, fue muy interesante y didáctica por los detalles elocuentes de sus experiencias compartidas, yo no tuve más que escuchar y absorber como esponja sus consejos; luego de un rato, antes de emprender el viaje, el asiento libre quedó ocupado por lo que la charla  tuvo que terminar, no sin antes despedirnos  y agradecernos cada cual por su tiempo.

              Mi viaje inició no muy gratamente,  pues como lo mencionaba soy un tipo ávido de disfrutar los paisajes por lo que generalmente busco el asiento en ventanilla y al no estar en él, representó un reto tratar de disfrutar los paisajes por los huecos que dejaba la persona en la ventanilla, me llamó la atención la distracción del chico,  ensimismado con audífonos en los oídos jugando una suerte de futbol animado que, por el alto volumen, inconscientemente me lo compartía, tenia toda su atención en el celular, soslayaba los paisajes más hermosos que la naturaleza nos ofrecía, uno a uno iban desfilando las montañas, las nubes, el cielo, los valles con árboles de cedro, encinos, cañales , verdes y azules en todas su tonalidades, mientras mi vecino únicamente les regalaba una mirada indiferente muy de vez en cuando.

              Decidí mirar hacia otro lado, pues al parecer mi vecino se encontraba un tanto incomodo al erróneamente sentirse observado por mí. A mi lado derecho, en el asiento que fue ocupado interrumpiendo la plática con don Efraín, viajaba una chica más joven que mi vecino del lado contrario, con una Tablet color rosado con florecitas multicolores, también tenía audífonos solo que el volumen era más bajo, al igual que mi vecino, pude percatarme que toda su atención estaba en un juego, al parecer muy divertido pues sonreía completamente ensimismada.

Me quedé sentado en medio de los dos pensando en aquello que me comentó don Efraín,  lo que me hizo formularme el par de preguntas con las que inicié este escrito. La oportunidad de expresar mi sentir se da ahora cuando en mis estudios de Maestría se habló del impacto de la tecnología en la sociedad moderna.

              ¿Hacia dónde vamos? La sociedad de antaño inculcaba valores a su hijos y nietos donde se tenía un profundo respeto a las personas de mayor edad, respeto a los maestros, a la naturaleza, al trabajo, a los hermanos y a uno mismo; ahora esa enseñanza se ha modificado, se educa pero los valores han sido maleados, hoy por ejemplo el respeto a las personas de edad avanzada es más frágil, el respeto por los maestros es muy subjetivo, el respeto por la naturaleza es casi nulo. ¿Cómo valorar lo que no conoces? ¿Cómo respetar lo que no aprecias? Es menester mencionar que la dinamicidad, la simplicidad, la agilidad, la omnipresencia y muchísimos mas beneficios que nos brindan las herramientas tecnológicas debamos aprovecharlos y valorarlos, pues nos facilitan la vida y debieran hacernos mejores profesionistas, mejores personas y en general mejor sociedad pero no debemos olvidar lo esencial.

              Hoy en día con la tecnología se va más lejos moviéndose menos, eso es muy bueno pero  aprovechemos los recursos tecnológicos sin detrimento de nosotros mismos y de nuestra esencia;  de vez en cuando en bueno bajarse de ese tren e ir caminado por la vida apreciando el paisaje, dejando que el viento te acaricie la cara, dejándote envolver por el olor del petricor, de los cipreses, del del jazmín; disfrutar de transpirar caminando en el bosque, escuchar la subrepticia voz de la naturaleza, apreciarla con todos tus sentidos y, metafóricamente, quitarte el traje tecnológico y andar desnudo en un bosque, en una playa, en la ciudad, don fuese;  aprender como lo hicieron nuestros abuelos o bisabuelos por observación, por tradición oral, valorando las lenguas madre (totonaco, náhuatl, huasteco, etc.), escuchar a los que saben: Los viejos, aprender de sus experiencias, tomar un café o un té con ellos.  En fin darle sensibilidad a este mundo deshumanizado tecnológicamente.

By Jaac


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