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HISTORIAS DEL CAFÉ EXPRESSO

Mi coche.

Tenía 28 años cuando recién pude disfrutar los frutos del trabajo. Con esto quiero decir que por fin, al menos en el aspecto económico, el trabajo me permitía pagar mis cuentas y consentirme un poco. Antes de esto, con el trabajo únicamente podía sobrevivir, vivir al día. En este contexto pude aventurarme a tener una novia formal y cumplir uno de mis anhelos pueriles: Viajar…

Viajar me encantaba y si lo hacía al lado de ella, era mucho mejor. En ese tiempo viajé mucho, conocí lugares maravillosos, a los que espero poder regresar alguna vez; probé exquisiteces que mi paladar nunca hubiese imaginado, conocí a personas interesantes, inteligentes y experimentadas en la vida de las que aprendí mucho y que, con el pasar de los años, aunque guardo sus enseñanzas, sus rostros se me han ido borrando de la memoria, al grado que si las volviese a ver seguramente no las reconocería y sé que ni ellos a mí.

En uno de esos viajes mientras estaba esperando la hora para tomar el autobús, Don Alfonso, recostado en la hamaca de una posada costera de Otatitlán, me preguntó: -¿Y Por qué no te compras un coche? Así podrías irte a donde quieras y cuando quieras…

Mientras viajaba en el autobús de regreso a mi ciudad, esa idea me daba vueltas en la cabeza. Se la compartí a mi novia y emocionada igual que yo, tomamos la decisión de empezar a buscar en internet información de coches. Por mis nulos conocimientos en la mecánica, empezamos a buscar en las agencias, pero los precios de los autos nuevos eran inalcanzables, buscamos en los seminuevos y también estaban por los cielos, entonces buscamos autos usados con familiares y amigos, pero no nos llenaban el ojo y los que, si lo hacían, tenían algún problema mecánico o de otra índole. Una vez más me sentía frustrado.  

Abandonamos la búsqueda, pero en cada viaje que hacíamos sentíamos más la necesidad del coche. Imaginaba a don Alfonso sonriendo desde la comodidad de su hamaca, al saber que un viejo pescador, tan lejano a mí, me había plantado una idea que me carcomía la cabeza día a día.

A fuerza de ser sincero, he de reconocer que generalmente las mujeres son más sensatas que los hombres y en una plática solemne del tema, ella me indicó que debíamos dejar de viajar y ahorrar lo que más pudiésemos para poder pagar el enganche y comprar un coche nuevo pues, como ni ella ni yo sabíamos de mecánica, un coche de agencia nos daría la certeza y la tranquilidad para llegar a nuestros destinos. Así lo hicimos, en cinco años de ahorro constante y con la ayuda de un par de amigos, logramos juntar lo mínimo para el enganche y endeudarnos cinco años más con mensualidades no tan cómodas, pero que con esfuerzo y el apoyo de Dios, lograríamos pagar.

El día llegó, no recuerdo con exactitud los documentos que firmaba y talvez poco me interesaba, lo único que quería era ponerme al volante y apaciguar un poco mis nervios por manejar. Subí al auto, mis papilas olfativas aún recuerdan el olor a coche nuevo, suspiré profundo, esperé a que ella subiera y encendí el auto. La impronta perenne de mis hermanos en mi cabeza me hablaba: 1ª. Acelera un poco y saca el clutch despacito, hasta que el Dart tiemble. 2ª  Mete el clutch, baja la palanca del Vocho y saca el clutch un poco más rápido, . 3ª Mete y saca rápido el clutch, al subir a tercera. 4ª Mete el clutch, baja la palanca y saca el clutch normal. Cuando llegues al semáforo mete el clutch y pon neutro.  Aunque seguía sus instrucciones siempre se me jaloneaban un poco tanto el Dart de Marce como el Vocho de Ardo.

Con el paso del tiempo y de manera paulatina logré dominar la bestia y al fin pude disfrutar y relajarme al volante. Mi coche era un poderoso Chevy blanco, dos puertas, cinco velocidades, dirección mecánica, frenos de tambor, sin bolsas de aire, sin asistencia en pendientes, sin sensores o cámara para estacionar, sin clima. En fin un Chevy básico, muy básico, pero tenía una particularidad, era mi primer coche, más bien nuestro primer coche.

Paradójicamente compramos el coche para viajar y cuando lo teníamos dejamos de hacerlo pues teníamos que ahorrar para pagar las “cómodas” mensualidades. Alrededor de cinco meses después, una mano divina me hizo ascender de puesto en el trabajo y gracias a esto y a la habilidad para guardar plata que habíamos desarrollado, pudimos sacarle jugo al “Chevoyo” y viajar.

Conocí playas paradisiacas, pueblos mágicos hermosos, manejé por montañas majestuosas, disfruté junto con mi familia y amigos de viajes con paisajes superlativos: Amaneceres, atardeceres, días nublados, lluvias refrescantes, vientos gélidos; incluso el primer viaje de mi hija fue en el “Chevo”, el coche también fue su casa, ahí durmió, comió, vivió y creció. En retrospectiva, puedo decir que, al volante del “Palomo”, deshojé la vida como una margarita, acumulando experiencias con mis mujeres favoritas.

Dice García Márquez: “Con el tiempo todo pasa. He visto con algo de paciencia… A lo imprescindible sobrar…”  Ayer vendí al Chevo, lo llevaba al doctor periódicamente y surtía sus medicamentos cuando así lo necesitaba, pero tuve que hacerlo pues los años no pasan en balde y ya acusaba cansancio, no es que estuviera a disgusto con él, pero un imprevisto de salud con mi hija me llevó a tomar la decisión, pues si he de gastar el dinero en mi hija o el coche, invariablemente la prioridad será mi hija.

Al platicar con el comprador sobre el kilometraje, le conté la mayoría de las peripecias que viví de la mano del Palomo. Mientras firmaba los documentos, me asombró como el comprador, de una manera indiferente, pasaba por alto todos los fragmentos de mi vida que iban en el auto que se estaba llevando. Le entregué la llave, encendió a la primera, como siempre. En ese coche iba don Alfonso, el pescador que me dio la idea y a quien fui a visitar en su tumba años después, iban los consejos de mis hermanos al aprender a manejar, iba mi novia de la que me enamoré y que terminó siendo mi esposa, iba su panza en formas y tamaños diferentes durante su embarazo, iba mi hija, su eterna silla de viaje y su cara colorada como tomate por el calor, iba mi perro y sus vomitadas infantiles, iban mis ahorros del enganche y las mensualidades… Empezó a alejarse… En ese coche se fueron mis primeros nervios al volante, mis primeras aventuras, algunas de mis esperanzas e ilusiones, se fue con él también el sueño realizado de mi infancia: Haber vivido en mágicas ocasiones una escena de película donde el protagonista conduce su auto con una mano en el volante y con la otra abraza a su amada mientras un majestuoso atardecer, el viento suave y Time for letting go de Jude Cole los acompañan.

Lo vi alejarse hasta perderlo de vista, me dolió hondo, resistí para no llorar en la calle, pero al llegar a casa y evocar lo vivido en mi Chevoyo, lloré 28 largos minutos… Como los 28 años que lo esperé…

By Jaac


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