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EDITORIAL

  • hace 1 día
  • 2 Min. de lectura

Las conductas absurdas, impuestas por redes, internet y medios de comunicación, no dejan de sorprendernos. El fenómeno Therian es un tema muy delicado, pues implica la identificación de una persona con un animal, ya sea a nivel psicológico o espiritual. Su reciente viralización ha encendido un debate público intenso sobre la decadencia de los valores humanos en una sociedad débil y adoctrinada.

 

Quienes adoptan esta identidad sostienen que se trata de una vivencia interna que marca una conexión profunda con diversas especies animales, como lobos, perros o felinos. Pero para la sociedad, esto va mucho más allá del simple disfraz.

 

El debate sobre la identidad Therian frecuentemente se traslada al ámbito de la salud mental. Especialistas han sido claros al señalar que identificarse como Therian no constituye, por sí mismo, un diagnóstico clínico.

 

El enfoque profesional se centra en una evaluación crítica: si esa identificación produce sufrimiento significativo o si interfiere de forma negativa y persistente en la vida cotidiana de la persona, entonces es muy grave. Si no hay un malestar asociado que impacte la funcionalidad diaria, el fenómeno es solo moda pasajera.

 

Este criterio es especialmente relevante en el contexto de las redes sociales, donde las identidades se exploran y se construyen con facilidad. Esto refleja el poder de las plataformas digitales para masificar discusiones que antes se limitaban a comunidades minoritarias. Pero hacer perder la propia identidad es muy grave.

 

Este debate, no solo cuestiona las formas de interacción social en la era digital, sino que también obliga a reflexionar sobre cómo la sociedad es manipulada. Se imponen conductas que, no solo muestran prácticas aberrantes que rebasan lo lúdico, sino que no aportan, degradan a la sociedad y pervierten la dignidad.

 

Con respeto a las libertades individuales, pero el tema va más allá de la educación, de los valores, de la ética, incluso de la razón. Perder la propia identidad y retroceder a la conducta animal, viola principios morales, naturales, existenciales y sociales. Además de demostrar una conducta disfuncional, lo más grave de los therians es la seriedad con la que defienden su identidad animal. “No es un disfraz, es mi identidad espiritual involuntaria”.

 

En este tipo de temas, que se expanden como epidemia, tal vez la SEP, la SEV, docentes, padres y autoridades, deberían emprender una fuerte campaña en contra de estas manifestaciones de decadencia cultural, social y mental, que muestra una descomposición social y un salto involutivo al grado de “animalizar” a la juventud.


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