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CAVILACIONES DEL DR CATURRA

  • hace 2 horas
  • 3 min de lectura

Vivir enojado es vivir preso: cómo salir de la cárcel del enfado

 

Antes de comenzar la Cavilación de esta semana, quiero participarle a usted, que la gente que me rodea, las personas que comparten mi vida, me inspiran a tratar estos temas, son ellos los que, con sus comentarios, inquietudes y experiencias, me impulsan a abordar estas cavilaciones, que siempre tienen por objeto, brindar a quien lo quiera, una ruta más amable, para enfrentar el reto de la existencia.

 

Esta cavilación nace de una pregunta, un cuestionamiento que me hicieron, mi mente voló para responder, trato en lo humana y racionalmente posible, estar en paz conmigo mismo y los demás, ¿Por qué siempre me siento enojado?

 

El enfado es un mecanismo de defensa, de autoprotección, define una situación que nos parece injusta, incómoda o contraria a nuestros intereses genuinos, su función principal es la de prepararnos para defendernos o para poner límites, es lamentablemente poco frecuente, que la gente se enfade de modo racional, que razone su molestia, la gran mayoría enfrenta el enojo de forma irracional, son violentos, negativos, vengativos, para luego arrepentirse de su reacción.

 

El enojo llega sin tocar la puerta, a veces entra con razón: te fallaron, te mintieron, te pasaron por encima, en otras ocasiones se instala sin motivo claro y no se quiere ir, y ahí empieza la tortura, porque vivir enojado es como tomar veneno esperando que le haga daño al otro.

 

No se trata de nunca enojarse, se trata de no quedarse a vivir ahí, le propongo que pongamos etiquetas para tener parámetros claros, nos servirá definir los tipos de enfado.

 

Enojo justificado vs. enojo patológico: aprende a distinguirlos

 

- Enojo justificado: Tiene causa concreta, es proporcional y te mueve a actuar; te insultan y pones un límite, hablas sobre ello y solicitas que no te traten con ofensas. Te roban y denuncias, buscas que sean las autoridades para que investiguen, encuentren al responsable y que se le sancione. Dura lo que dura el problema. Es fuego que cocina pues te ayuda a enfrentar situaciones análogas en el futuro, no que incendia y te consume.

 

- Enojo patológico: No tiene fecha de caducidad, por ejemplo, reaccionas al tráfico como si fuera un ataque a tu persona, considerar las decisiones de los demás como una traición personal; guardas afrentas del pasado, facturas de hace 10 años. Te enojas por si acaso, es como tener fuego en la cocina por un accidente y remediarlo quemando toda la casa entera, cuando se trata de evitar más daño.

 

Pregúntate: ¿Este enojo me está defendiendo o me está consumiendo? Si la respuesta es la segunda, toca hacer algo.

 

Tres ejercicios para bajarle al volumen del enfado

 

·         La regla de los 90 segundos: La neurociencia dice que la descarga química del enojo dura 90 segundos. Pasado ese tiempo, eres tú quien alimenta la emoción con pensamientos positivos o negativos. Cuando sientas que hierves, respira y mira el reloj, cuenta, no decidas nada hasta que pase el minuto y medio, le quitas combustible al incendio.

 

·         Nómbralo para domarlo: No digas “estoy encabronado”, sé específico: “Siento frustración porque mi tiempo no fue respetado”, “Siento impotencia porque no controlo esta situación”. Ponerle nombre exacto reduce la intensidad, el cerebro pasa de reaccionar a analizar.

 

·         Escribe la carta que no vas a mandar: Agarra papel y vacía todo, insulta, reclama, di todo lo que no puedes decir de frente por decencia y prudencia. Sácalo de tu cuerpo es una toxina que no necesitas, luego rómpela o quémala. El enojo necesita salir, no siempre necesita destinatario.

 

El enojo que sí sirve.

 

Hay enojos sagrados, el que sientes ante la injusticia, el que te hace decir “basta”, ese no lo apagues, canalízalo, que te mueva a poner límites, a cambiar, evolucionar, a protegerte. El problema no es sentirlo, el inconveniente es rentarle un cuarto permanente en tu cabeza.

 

El enfado tóxico, inútil.

 

El enojo crónico te roba el sueño, te sube la presión, te amarga la boca y la vida, te convierte en alguien con quien ni tú quieres estar. Esta semana, te propongo algo: cada vez que te enojes, decide racionalmente qué tipo de enojo sufres. Si es justificado, úsalo, sácale provecho y luego suéltalo. Si es patológico, aplícale nuestros ejercicios y déjalo ir. No nacimos para vivir en guerra con el mundo, viva la paz.

 

Como decía Séneca: “El que se enoja por cualquier cosa, se enojará por nada”. Ven, cavilemos y soltemos lastre.


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