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HISTORIAS DEL CAFÉ EXPRESSO

  • hace 1 día
  • 8 Min. de lectura

Ángel y Demonio

Al probar ese brebaje Ángel se convertía en un ser distinto más pasional, con más energía, con más ansias de vivir. Sentía la sangre fluir por sus venas e inexplicablemente podía desarrollar habilidades que en su estado natural le tomaría meses adquirir, como por ejemplo hablar. Podía entablar pláticas profundas, amenas y divertidas con quien quisiese hacerlo, obviamente era proclive a hacerlo con féminas, pero no cualquier tipo de féminas, lo hacía con mujeres hermosas, de curvas pronunciadas, de ojos destellantes, de sonrisas luminosas.

Tal era el caso de Rachel, nacida en una ciudad costera, tenía las raíces afrocaribeñas de sus antepasados por parte de su padre, mientras que por parte de su madre era la elegancia, la delicadeza, las facciones finas de su rostro, propias de un pueblo anglosajón del Reino Unido. Rachel, físicamente aglutinaba lo mejor de dos mundos, de figura curvilínea, ojos grandes y turquesas, cabello castaño, quebrado y largo que la hacía lucir mucho mas hermosa al caminar.

Ángel caminaba todos los días a la parada del autobús para tomar la ruta 34 que lo llevaba a la universidad. Ángel, de modos retraídos, barba rasurada de tres días, cabello crespo, acomodado a la derecha, ojos grandes y cafés; en resumidas cuentas un tipo normal.

Un día, por azares del destino, el auto de Rachel fue a dar al servicio mecánico, motivo por el cual tuvo que viajar en autobús, casualmente en la ruta 34, se subió al bus y al buscar un asiento, sin quererlo, dejó caer un par de monedas, una de ellas la pudo capturar con un “pisotón” mientras que la otra se fue rodando hasta el lugar que ocupaba Ángel, quien para variar estaba plácidamente dormido. Rachel, mientras evaluaba si valía la pena ir hasta allá para recoger la moneda o no, caminaba por el pasillo, observó que la moneda se detuvo justo en los pies del dormido Ángel, se sentó en el asiento contiguo para poder agacharse, pues la moneda era de 20 pesos y según su amiga Rebeca, esas monedas son las de la suerte, por lo que era indispensable recuperarla. Al agacharse a hacerlo, el autobús freno, golpeando su cabeza con la rodilla de Ángel quien la miró de manera sospechosa. Ella recogió la moneda mientras decía: -Solo voy a recoger la moneda - - Esta bien, yo no pensé otra cosa.- Contesto Ángel con voz adormitada.

– Es de las de la suerte – Puntualizó Ángel señalando la moneda.

– Sí, por eso la recogí.

– Bueno, igual son 20 pesos, yo los hubiese recogido aunque no fuera de la suerte. Comentó Ángel sonriendo.

– Claro. Reafirmó Rachel con indiferencia.

– Mi mamá me ha dicho que no hable con extraños. Afirmó Ángel mientras extendía la mano para saludarla. - Ángel, agregó.

– Rachel. Respondió sonriendo, al estrechar su mano.

– No te había visto. ¿Trabajas por acá? Inquirió Ángel

– Sí, pero generalmente no viajo en autobús.

– Con razón, pues ya que eres nueva te daré algo invaluable… Conocimiento.

Desde ese momento Ángel se apoderó de la palabra y le fue relatando historias de algún personaje o acontecimiento sucedido en los sitios por donde pasaba el autobús. Rachel, sin creer todo lo que le decía, aparentaba interés mientras lo escuchaba.

Fueron cinco días los que coincidieron en el autobús de la 34, la relación de amistad se consolidó con rapidez gracias a la infalible labia de Ángel.

Por la tarde del quinto día Ángel y Rachel salieron a tomar un café, con el pretexto de festejar que el auto de Rachel había salido del servicio mecánico y se encontraba en excelentes condiciones. Durante esas platicas Ángel había aprendido sobre Rachel, por lo que al llegar al café pidió un capuchino con moka y un strudel de manzana para ella, mientras que para él un lechero deslactosado.

- ¿Cómo supiste que eso me gusta? Inquirió Rachel sorprendida.

- ¡Oh! Soy un enfermo mental y te sigo siempre para saber todo de ti. Contestó Ángel sonriendo.

- Me estas poniendo nerviosa chico. Replicó con cara de asombro Rachel.

- No, tu me estas poniendo nervioso. Me causa extrañeza tu falta de memoria. ¿Cómo puedes contar cosas sobre ti y olvidar que las constaste? Respondió Ángel con asombro

- ¿Te lo conté?

- Si. Rachel asumió que así había sido, pues por el trabajo, había estado tan ocupada que difícilmente recordaría las cosas que hizo ayer.

Esa tarde fue maravillosa para ambos, al acompañar a Rachel a su casa, con un beso tierno y lleno de amor sellaron el inicio de una relación que los llevaría a destinos insospechados. Rachel sentía los destellos de un amor incipiente, tenían muchas afinidades, Ángel la trataba con mucha caballerosidad y parecía entenderla completamente. Lo que no sabía era que Antonio, el antiguo novio de Rachel, había conocido muy bien a Ángel antes de morir y todos esos detalles de Rachel que a Antonio le había tomado ocho años conocer, a Ángel le había tomado solo un par de horas después de extraérselos por la fuerza.

Ángel, introvertido, taciturno, de vez en cuando se le veía platicar con alguien, aunque generalmente era un tipo solitario. Estudiaba la universidad y trabajaba, como lo había hecho desde que estaba en la secundaria, pues, por la situación económica de su familia, se vio forzado a trabajar para costear sus estudios.

Ángel, era un tipo inteligente pero con muy pobres habilidades comunicativas, su padre de carácter fuerte, imponía con su presencia y Ángel solo se limitada a guardar silencio; mientras que su madre, a la que conoció poco pues falleció meses después de dar a luz a su hermano menor, suplía la ausencia constante del padre con carácter de igual manera tosco, burdo, carente de amabilidad. En este entorno, Ángel se recluía en el silencio y en la soledad para mantener un perfil bajo y evitar ser regañado por alguna situación.

Desde pequeño debió salir al mundo y fue desarrollando sus habilidades sociales y comunicativas en la calle, disfrutaba de las pocas satisfacciones de la vida pero constantemente padecía sus tragos amargos y distintas vicisitudes. En el camino, fue encontrando aliados, compañeros de viaje, hermanos de la misma “enfermedad”, encontró en el camino a personas como Ernesto, un tipo con la misma fortaleza, las mismas carencias y las mismas ganas de salir adelante. Fue precisamente Ernesto quien le mostró el brebaje que preparaba y que le servía para tener fortaleza física y mental pero también para perder los nervios, los miedos y socializar con todo tipo de personas de manera magistral.

Un día conoció a Rachel en los pasillos de la universidad, aunque Ángel no estudiaba allí le gustaba recorrer esos espacios y relacionarse con “niñas lindas”, algunas veces tenía la suerte de enamorarlas y otras por el contrario le regalaban su indiferencia, tal era el caso de Rachel, que no había sucumbido a los encantos de Ángel, aunque eso no le importó y bastaron un par de días para enamorarse de ella, aun sin cruzar una palabra, únicamente algunas miradas. Desde ese día Rachel fue su obsesión, subrepticiamente la seguía, cuidando cada uno de sus pasos, protegiéndola de cualquier peligro. Al enterarse de que su corazón estaba ocupado por Antonio, lo odió hasta el infinito, pero el amor lo hizo mantenerse estoico y aceptar con resignación la derrota, fue soportando cada beso, cada abrazo, cada sonrisa que le regalaba a “ese idiota afortunado” como lo llamaba Ángel.

Paulatinamente Ángel se fue alejando poco a poco de Rachel, dejó de seguirla todos los días, aunque nunca completamente, pues en su corazón guardaba la esperanza de que Rachel dejara a “ese idiota afortunado”.

Un día al buscar a Rachel notó su falta de brillo, la observó taciturna, depresiva; continúo siguiéndola y notaba la tristeza a cada paso. Un dolor profundo se apoderó de él y sin pensarlo fue corriendo hacia ella para confortarla, al intentar cruzar la avenida, entre los autos pudo ver a Antonio que intentaba abrazarla mientras ella lo alejaba reclamándole algo, la discusión se elevó de tono y pudo ver como la empujaba antes de retirarse. Ángel, desesperado por cruzar la avenida, intentó correr y fue golpeado por un auto, lanzándolo un par de metros. Ángel despertó rodeado de instrumentos médicos, con un catéter en la nariz y la cara de Ernesto frente a el.

- Ayúdame a salir. Dijo Ángel imperativamente.

- ¡Aun no estas bien! No puedes. Replicó Ernesto con asombro.

Mientras se desconectaba el catéter de su cuerpo le pidió a Ernesto que le alcanzara su pants y la camisa. Ángel salió rápidamente del hospital junto con Ernesto, esa tarde buscaron a Antonio y en la noche al salir de su casa lo metieron por la fuerza al coche, Antonio estaba desconcertado, les ofrecía dinero a cambio de su libertad, pero al llegar a las afueras de la ciudad, lo bajaron del coche, Ángel se quitó el pasamontañas:

- ¡Mírame! Si quieres vivir, quiero que me cuentes de tu relación con Rachel, hasta el mas mínimo detalle.

- ¿De que estas hablando? Respondió Antonio contrariado.

- ¡No me hagas perder la paciencia! ¡Habla!

Poco a poco Antonio fue contando la historia que quería saber Ángel, detalle a detalle iba conociendo a profundidad a Rachel. Al final le dejó saber a Antonio que a aunque lo odiaba por robarle el amor de Rachel se mantuvo al margen hasta el día en que él le hizo daño a su princesa.

- ¡Ese día firmaste tu sentencia de muerte! Vaticinó Ángel. Los párpados de Antonio le pesaban cada vez más, la vida se le escapaba a cada aliento. Ángel lo miró hasta que un aliento estertor le cerró los ojos.

Los días pasaban lentamente cuando estaban juntos, Rachel muy rápidamente se estaba enamorando de Ángel, el ya lo estaba desde hacía mucho tiempo. Un día al mirar la televisión en casa de Rachel, abrigados por la oscuridad el deseo los inundo, las manos curiosas de Ángel buscaban con ansia la piel tibia de Rachel, como montañista experimentado buscaba recorrer las cumbres de su cuerpo, sus manos, hábiles senderistas, recorrían los montes y los valles de su piel:

- ¡Espera! Dijo Rachel con firmeza.

- ¿Qué sucede? Inquirió Ángel con asombro.

- Es que… No podemos seguir… Debo decirte algo…

- Dime ¿Qué sucede?

- Es que… Estoy embarazada…

- ¿En serio? Inquirió

- Si, tengo tres de meses… Antes de conocerte, terminé una relación profunda en mi vida, nos íbamos a casar… Bueno eso pensé, pero al contarle sobre mi embarazo decidió irse y ya no lo volví a ver.

Un sentimiento de repulsión invadió a Ángel, evocó cuando “platicó” con Antonio, recordó que mientras yacía inerte en el suelo, Ernesto le quitaba el reloj y un diminuto estuche de su bolsillo. -El anillo de boda- Pensó…

La relación entre Rachel y Ángel creció con el tiempo, era una experiencia maravillosa para ambos, mucho mas para Ángel. Un día, al despertar a su lado, Rachel se sintió tan plena, tan segura, tan amada que lo miró fijamente susurrándole al oído: -Te amo, eres mi Ángel- Él la abrazo dulcemente, pero ese oscuro recuerdo le daba vueltas en su cabeza, era una idea incesante, había comprendido que “ese idiota afortunado” iba a ser el esposo y padre del bebé de Rachel. Ángel la amaba, lo había hecho desde aquel día que la vio en la universidad, quería permanecer toda la vida con ella, mas no podía vivir con la idea de ser el padre y el asesino, el ángel y el demonio.

Después de dejarla en su trabajo, regresó a casa y volvió a tomar ese brebaje que hacía tiempo no tomaba, después de hacerlo, mientras miraba por la ventana, supo lo que debía hacer…

Soy un tipo malo lo sé, debo eliminar al demonio que me llevó a hacer lo que hice, pues podría renacer. Aunque… Si he logrado que un Ángel me ame ¿Qué tan malo puedo ser?

Dicho esto, jaló el gatillo de su Smith and Wess

on, desplomándose débil, lánguido... Sin vida.

By Jaac


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