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EXPRESSO CORTADO

  • hace 16 minutos
  • 6 Min. de lectura

LA PROSTITUCIÓN

Gilberto Medina Casillas

Consultado una compañera antropóloga de la ENAH, acerca de este, ya nada escabroso, tema de la prostitución, el cual, a mí, me resulta crucial en el desarrollo etnológico del mundo al través de la historia.

Mi amiga me dijo: ‘desde sus orígenes, la prostitución no puede entenderse como una sola historia. En Mesopotamia, ciertas formas de trato carnal, estuvieron ligadas a lo sagrado: mujeres que, en templos, encarnaban sexualmente ritos de fertilidad.

En la Grecia clásica y en Roma, el oficio se institucionalizó; había categorías, tarifas, incluso espacios designados. Con el paso de los siglos, la moral religiosa la condenó, pero las ciudades la toleraron en la práctica, organizándola en barrios, reglamentándola, gravándola. Siempre expulsada del discurso oficial, pero nunca ausente de la vida cotidiana’.

Es verdad, pienso yo. Pues. con el tiempo, el oficio adquirió una estructura propia: códigos tácitos, jerarquías, modos de protección, formas de negociación.

La prostitución se convirtió en trabajo —para algunos— y en destino —para otros—. Y ahí aparece la primera fractura fundamental: no todas las mujeres llegan al mismo lugar por el mismo camino.

Para muchas, la entrada es económica. No como elección romántica, sino como cálculo: el cuerpo como último recurso en contextos donde las alternativas son escasas o inexistentes. La pobreza, la migración, la falta de acceso a educación o empleo digno empujan a una zona donde la moral se vuelve un lujo. En estos casos, la prostitución es menos una decisión que una estrategia de supervivencia. El dinero no solo compra alimentos; compra tiempo, techo, posibilidad.

Pero también están las historias atravesadas por la violencia. Mujeres forzadas, engañadas, traficadas. Aquí el “oficio” pierde cualquier atisbo de autonomía y se revela como una forma de explotación. Redes criminales, coerción psicológica, amenazas: una maquinaria donde el cuerpo femenino es mercancía sin consentimiento real. Este rostro de la prostitución es el más brutal, y quizá el que más obliga a cuestionar cualquier intento de romantización.

Sin embargo, existe otra zona más ambigua, menos cómoda de clasificar. Mujeres que, dentro de sus márgenes, encuentran en la prostitución no solo ingreso, sino también una forma de control relativo sobre su vida. Algunas hablan de libertad: elegir clientes, horarios, condiciones. Otras reconocen en la repetición del acto una suerte de desapego, una mecanización del deseo. Y unas más —pocas, pero existentes— confiesan un vínculo con el placer, o con el poder que se ejerce en la transacción. No se trata de idealizar, sino de aceptar la complejidad: el mismo acto puede ser, simultáneamente, trabajo, carga, rutina o incluso hábito.

Aquí es donde la literatura ha intentado nombrar lo que la moral simplifica. Manon Lescaut, del Abbé Prévost, es quizá uno de los retratos más finos de esa ambigüedad. Manon no es solo víctima ni solo calculadora: es deseo encarnado, es fragilidad, es aspiración a una vida mejor que no sabe construir por otros medios. Ama, pero también necesita lujo; se entrega, pero también negocia. En ella, la prostitución no aparece como una categoría fija, sino como un desplazamiento constante entre amor, interés y supervivencia. Su tragedia no radica únicamente en lo que hace, sino en el mundo que no le ofrece otra vía para ser.

La crónica contemporánea no difiere tanto de la novela del siglo XVIII. Cambian los escenarios —calles, bares, plataformas digitales—, pero la tensión sigue intacta. ¿Es la prostitución una elección o una imposición? ¿Un trabajo legítimo o una forma de violencia estructural? La respuesta, si es honesta, no puede ser única.

Quizá lo más preciso sea entenderla como un territorio donde convergen fuerzas distintas: la economía que presiona, el deseo que circula, el poder que se ejerce y la subjetividad de cada mujer que habita ese espacio. Algunas entran empujadas, otras se quedan por costumbre, otras más creen encontrar ahí una forma de agencia. Y en todos los casos, el juicio externo suele ser más simple que la realidad vivida.

Al final, la prostitución no revela tanto sobre las mujeres como sobre la sociedad que la produce. Porque mientras exista la desigualdad, el deseo sin responsabilidad y el dinero como mediador universal, esa figura —la mujer en la noche, negociando su cuerpo— seguirá apareciendo, como una pregunta que nadie termina de responder.

Hay una zona de la experiencia femenina que rara vez se nombra sin pudor o sin condena: el territorio donde el deseo se vuelve oficio y, al mismo tiempo, juego. No el de la miseria ni el de la coacción —que existen y son innegables—, sino ese otro, más incómodo para la moral, donde algunas mujeres descubren en la prostitución una forma de intensidad, de control y, a ratos, de una extraña belleza.

Xaviera Hollander lo decía sin rodeos: el secreto no está en el cuerpo, sino en la imaginación. En The Happy Hooker, más que vender sexo, ella describía la coreografía del encuentro: la anticipación, la lectura del otro, la construcción de un instante donde todo es permitido porque todo está pactado. Hay en ello algo de teatro —un escenario mínimo, dos cuerpos, un guion que se improvisa— y algo de poder silencioso: quien sabe provocar, también sabe conducir.

Para ciertas mujeres, ese espacio no es una caída, sino una inversión del orden cotidiano. Afuera, la vida impone reglas; adentro, en la habitación, el tiempo se suspende. El cliente cree comprar acceso, pero lo que adquiere es una ficción cuidadosamente administrada. La prostituta —en esta visión— no es un objeto, sino una autora: diseña atmósferas, mide silencios, decide cuánto de sí misma entra en juego. El dinero no cancela la subjetividad; la enmarca.

Le pido a mi amiga, antropóloga, que ponga un ejemplo de ambigüedad.

Reflexiona y contesta: ‘En Belle de Jour, Séverine encarna esa paradoja con una delicadeza perturbadora. Esposa burguesa, correcta, distante, y al mismo tiempo habitante de un mundo secreto donde el deseo se libera de las formas respetables. No busca únicamente dinero: busca atravesar un umbral. En el burdel, su identidad se desdobla; se permite lo que la vida “decente” le niega. Hay en ella una curiosidad casi estética por el riesgo, por lo prohibido, por la teatralidad del encuentro. No es tanto el acto físico lo que la transforma, sino la posibilidad de ser otra sin dejar de ser ella.

Algo semejante, aunque más áspero, asoma en Santa de Federico Gamboa. Santa no tiene el lujo de la ambigüedad burguesa de Séverine; su caída está marcada por el abandono y la necesidad. Sin embargo, incluso en su tragedia, aparece una conciencia de sí que no se reduce al victimismo. Aprende los códigos, entiende las miradas, habita su cuerpo con una mezcla de resignación y lucidez. La magia, si puede llamarse así, no es luminosa, pero existe: es la capacidad de sobrevivir y, en ciertos momentos, de imponer una presencia que desarma a quienes la consumen.

Pregunto ¿Si hay algo de magia en esta ‘liberación’ ‘sujeción’?

Hablar de “magia” en este contexto exige cuidado. No es un encantamiento ingenuo ni una celebración acrítica. Es, más bien, la percepción de que en el intercambio —tan material, tan directo— ocurre algo que desborda lo económico. Hay una alquimia mínima: el desconocido que entra con urgencias sale transformado, aliviado, confundido o incluso agradecido. Y la mujer, en ese tránsito, no solo da; también observa, interpreta, aprende. Se vuelve, en cierto modo, una especialista del deseo ajeno.

Para algunas, esa posición resulta embriagadora. No por el acto en sí, que puede volverse mecánico, sino por lo que revela: la fragilidad de los hombres, la facilidad con que el poder cambia de manos, la posibilidad de habitar múltiples versiones de sí misma. En un mundo que suele fijar identidades, la prostitución —en esta mirada subjetiva— abre un espacio de metamorfosis.

No es una verdad universal ni una invitación. Es una de las muchas caras de un fenómeno complejo. Pero ignorarla sería empobrecer el retrato. Porque, junto a la sombra, también existe ese brillo ambiguo donde algunas mujeres encuentran, no redención ni condena, sino una forma singular de experiencia: un lugar donde el cuerpo, lejos de ser solo objeto, se convierte en lenguaje, instrumento y, a veces, en escenario de una libertad inesperada.

De niño, criado en un ambiente católico zacatecano, sentía esa lástima que no llamamos lástima, sino conmiseración, mi visión era la percepción de la prostituta como una mujer vejada. Y pasaron los años y sostuve esa visión lastimera.

Un día, comentando el tema con un señor ya con cuatro copas entre pecho y espalda, me dijo: a ellas, las prostitutas, les gusta.

Pues este asunto, no es cosa mía, tengo un amigo, ex colaborador divorciado que ha optado por los burdeles. Haciendo lo que él llama ‘pago por evento’.

Hay por ahí pseudo cálculos en dinero sobre el matrimonio versus el pago por evento.

Gary Becker (Premio Nobel) modeló el matrimonio como una “unidad económica” donde las personas maximizan utilidad (especialización, hijos, cooperación).

Si reduces todo a dinero:

El sexo pagado puede parecer más barato en escenarios bajos o medios.

Pero si haces un análisis económico completo:

• El matrimonio es una institución productiva, no solo un gasto.

• El sexo pagado es consumo sin retorno estructural.

La comparación estricta es útil como provocación intelectual, pero falla como modelo de decisión real, porque compara cosas que cumplen funciones económicas y humanas completamente distintas.

Puede ser que en un lapso de treinta años gastes más en el matrimonio, considerando al matrimonio como una ‘unidad económica’. (Bienes, hijos, nivel de desarrollo humano adecuado.)

Pero, bueno, como decía el señor Vidal Trejo: ‘La cosa…es la cosa.’

La prostitución, diría el Mayor Ortega: ‘es un mal necesario’.


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