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EXPRESSO CORTADO

  • hace 20 horas
  • 5 min de lectura

RIONOCERONTES Y TRÁSFUGUISMO.

Gilberto Medina Casillas

Desde hace días, ante los vergonzosos acontecimientos que preconizan los estúpidos que gobiernan a imbéciles; me vino a la mente el cuadro primero del segundo acto de la obra teatral ‘El Rinoceronte’ de Eugene Ionesco, conocida en Sur América como ‘Rinocerontes’. En esta, mientras Berenguer (personaje recurrente en las obras del rumano) y su amiga Daisy, miran, desde una mesa de restaurante al aire libre cómo personas se van convirtiendo en rinocerontes.

En los textos en español, el fenómeno de ceder a la presión social e ideológica del totalitarismo se traduce y analiza habitualmente bajo los conceptos, conversos, personas que ceden ante la "rinocerontitis", se unen unirse al rebaño, se suman a la manada, lo cual está asociado plenamente a la pérdida de individualidad y el sometimiento.

En la filosofía del Teatro del Absurdo, el tránsfuga no cambia simplemente de partido político; deserta de la humanidad misma. Convertirse en rinoceronte implica abandonar el pensamiento crítico y la ética individual para unirse a la comodidad del rebaño.

Los personajes no se transforman por la fuerza, sino que racionalizan su deserción:

·       Primero expresan horror ante los rinocerontes.

·       Luego buscan explicaciones lógicas o científicas para normalizar el fenómeno.

·       Finalmente, argumentan que la moral humana es "antinatural" y que unirse a la manada es el camino correcto a seguir.

Berenguer, brilla justamente por su incapacidad de ser un tránsfuga. A pesar de ser un hombre común, con vicios y menospreciado por los demás, es el único que mantiene su fidelidad a la esencia humana. Su icónica frase final resume la resistencia absoluta contra el transfuguismo ideológico:"¡Soy el último hombre, y lo seré hasta que llegue el fin! ¡No me rindo!

El análisis de cómo personajes específicos, justifican su transformación en rinocerontes demuestra de manera brillante el concepto del "tránsfuga" ideológico.

Cada uno representa una forma distinta en que la mente humana capitula, traiciona su propia naturaleza y se une a la masa totalitaria.

El tránsfuga, Jean comienza la obra como ejemplo de cultura, orden, el orgullo y la superioridad moral. Sin embargo, su transformación es una de las más violentas y perturbadoras, su justificación, cuando ‘enferma’  de "rinoceritis" (se asume como rinoceronte), se expresa con desprecio de la moralidad humana, catalogándola como algo "débil" y obsoleto. Afirma de manera tajante que "el humanismo está acabado" y que la verdadera naturaleza es la fuerza salvaje.

Su deserción humana se resume en las palabras  dichas por Daisy: "Hay que estar al día" (o "Hay que avanzar con los tiempos").

Si la sociedad avanza hacia ser rinocerontes, lo más "lógico" es marchar con la corriente histórica para no quedar obsoleto. El tránsfuga no  acepta haber estado equivocado; simplemente adapta su dogma político. Afirma que "es necesario adaptarse a los nuevos tiempos" y que él sabe perfectamente lo que hace porque conoce los "motores de la historia".

Su deserción no nace del fanatismo, sino de la falta de convicciones éticas profundas.

El relativismo moral lo desarma: termina creyendo que la condición de rinoceronte es solo otra "perspectiva válida" de la realidad y camina voluntariamente hacia el rebaño para no perder su estatus en el sistema. Los tránsfugas se transforman porque ven a otros desear esa transformación.

La transformación masiva en el segundo y tercer acto opera como un contagio sociocultural. El "tránsfuga" copia el comportamiento de su vecino para no quedar fuera de la estructura de reconocimiento de la nueva tribu predominante.

En muchas sociedades antiguas que han permanecido iguales durante ‘mil años’, en la tribus ameriindias, siberianas y africanas, existe la dicotomía: ‘Tabú’, lo prohibido y el Tótem, los sagrado, la fuente de poder (muchas veces relacionado con el culto a los antepasados y  muchas veces es cierto animal, tutelar, sagrado. Este funciona como un Tótem (un símbolo de identidad y poder sagrado). A principio de la obra, el rinoceronte es Tabú: provoca horror, rompe el orden urbano y pisotea los valores establecidos.

Conforme avanza la trama, ocurre una transvaloración cultural:: el Tabú se convierte en el Tótem. Los humanos empiezan a sacralizar la piel gruesa, el cuerno y el rugido salvaje. El tránsfuga pasa de repudiar al animal a adorar su estética y su fuerza totémica.

Al final de la obra, Berenguer experimenta el peor aislamiento etnológico posible: es el único poseedor de un código lingüístico extinto. Intenta comunicarse, pero ya no hay receptores que compartan su universo verbal. Su lenguaje se vuelve un monólogo desesperado. Al darse cuenta de que sus palabras ya no significan nada para el entorno, experimenta una crisis de identidad tan profunda que llega a dudar de la validez de su o ser.

La resistencia final de Berenguer ("¡No me rindo!") es, ante todo, un acto de preservación humana. Al negarse a rugir, se niega a que la última palabra humana sea borrada por el eco de la manada.

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Agustina Cabrera escribió, al respecto de la obra que nos ocupa:. ‘Eugène Ionesco escribió Rinocerontes en 1959, quien adjudicó la idea a una anécdota del escritor Denis de Rougemont sobre cómo pasó de la antipatía al entusiasmo con la figura de Hitler, de forma inconsciente, después de presenciar un acto de masas en Nuremberg’.

Ionesco presenció el ascenso del fascismo en Rumania y vio cómo gente cercana a él adoptó la ideología fascista.

Cuando el golpe de estado del 73 en Argentina, mi país, continúa Agustina, yo tenía once años. El recuerdo que tengo del golpe es que se suspendieron las clases y nos mandaron a hacer deberes a casa durante tres meses.

La visión de deshumanización que plantea Ionesco en ‘Rinocerontes’ yo la vivía en mi país, en mis circunstancias, en mi ciudad. Entonces tuve un encuentro muy fuerte con la obra. Ionesco es el que me mueve más de los autores del absurdo, porque presenta un teatro eminentemente político. Él logra convencerte del horror que tiene una situación absurda. Cuando se estrenó la obra en España, los críticos decían que la obra tenía un error de género, porque empezaba siendo una comedia y terminaba como tragedia. Ionesco respondió de un modo brillante que todo totalitarismo en sociedad empieza como una comedia. (¿Recuerdan las payasadas del peje en los tres primero años de su calamitoso mandato?).

El problema es que las sociedades funcionan en la medida en que somos todos tolerantes dentro de un marco de respeto democrático. La tolerancia en sí misma pasa por el respeto a todas las ideas y la capacidad de escucharlas y de no tratar de eliminarlas. El problema está cuando en nombre de la tolerancia nos contrabandean ideas intolerantes. De alguna manera Ionesco dice esto. Si cuestionas el término tolerancia, corres el riesgo de pegarte a la intolerancia que está campeando en la sociedad a través de la violencia, entonces yo lo que preferiría decir sería: tolerancia a las ideas que defienden la libertad, intolerantes con el autoritarismo’.

Agustina cita una frase de Sartre: ‘el hombre está condenado a ser libre´.

Es una buena frase. Condenado a la libertad, es verdad. es tremendo eso, agrega Cabrera, es una frase muy profunda, porque es muy real, porque tienes la libertad ahora y sales de tu casa y si cruzaste la calle te cayó una piedra en la cabeza y te mató. Y si te fuiste para allá, dentro de diez años te ganas el Premio Nobel.

Es tremenda, esta condena a la libertad en el contexto de los imponderables.

(Termino la cita que arreglé para una mejor comprensión del asunto que quiero tratar en esta entrega.)

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En esta intrincada perspectiva, los tránsfugas, aquellos que pierden su identidad, adoptan la visión del rebaño, ceden su libertad a los autócratas.

 

Es cuanto.


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