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EXPRESSO CORTADO

  • hace 1 día
  • 7 Min. de lectura

 

LA CULTURA Y EL ARTE

Giberto Medina Casillas

 

El arte como espejo y motor de la evolución social:

El arte no es únicamente una manifestación estética ni un ejercicio de creatividad individual; es, ante todo, una forma de conciencia histórica. Cada obra, cada estilo, cada ruptura formal encarna una manera específica de comprender el mundo. A través de la pintura, la arquitectura, la literatura, la música y posteriormente el cine, las sociedades han narrado sus transformaciones, sus crisis y sus aspiraciones. El arte no solo refleja la realidad social: la interpreta, la cuestiona y, en muchos casos, la anticipa.

Si observamos la historia del arte como una secuencia de lenguajes que evolucionan, descubrimos que cada transformación estética coincide con cambios profundos en la estructura social, política, económica y tecnológica. El paso del teocentrismo medieval al humanismo renacentista, la emergencia del individuo moderno en el Barroco, la afirmación de la razón ilustrada en el Neoclasicismo o la subjetividad romántica del siglo XIX, no pueden comprenderse sin su contexto histórico.

En este recorrido, la vanguardia de los primeros años del siglo XX ocupa un lugar central. En ella se condensa una ruptura radical con el pasado que responde a un mundo transformado por la industrialización acelerada, la urbanización, la crisis de los valores tradicionales y, finalmente, la devastación de la Primera Guerra Mundial. Comprender estas vanguardias es comprender el nacimiento de la modernidad estética y, en gran medida, la sensibilidad contemporánea.

 

Desde las civilizaciones antiguas, el arte ha servido como instrumento de legitimación y representación del poder. El arte egipcio, por ejemplo, expresaba una cosmovisión jerárquica y religiosa donde la figura del faraón simbolizaba el orden cósmico. En la Grecia clásica, la escultura idealizó el cuerpo humano como expresión de equilibrio, razón y armonía, reflejando una sociedad que comenzaba a pensar al individuo como centro de la vida política.

 

Durante la Edad Media europea, el arte se subordinó a la teología. La arquitectura gótica, con sus catedrales elevándose hacia el cielo, no solo respondía a soluciones técnicas innovadoras, sino a una mentalidad profundamente religiosa que concebía el mundo como tránsito hacia la trascendencia.

 

El Renacimiento marcó un cambio decisivo: el humanismo desplazó el eje de lo divino hacia lo humano. La perspectiva lineal en pintura no fue únicamente un hallazgo técnico; fue la afirmación de un sujeto que organiza el mundo desde su mirada. La modernidad comienza cuando el hombre se reconoce como centro de interpretación.

 

En el siglo XIX, la Revolución Industrial transformó radicalmente la vida cotidiana. La ciudad moderna, la fábrica, el ferrocarril y el crecimiento demográfico alteraron la experiencia del tiempo y el espacio. El Impresionismo respondió a esta nueva percepción: capturar el instante, la luz cambiante, el ritmo efímero de la vida urbana. La pincelada fragmentada reflejaba una realidad en movimiento.

 

Sin embargo, esta modernidad traía consigo tensiones: alienación, desigualdad, crisis espiritual. El arte ya no podía limitarse a representar fielmente el mundo visible. Era necesario reinventarlo.

 

A comienzos del siglo XX, Europa vivía una transformación vertiginosa. La electricidad, el automóvil, el avión, el cine y la fotografía habían modificado la experiencia sensorial. La física de Einstein cuestionaba el espacio y el tiempo absolutos; el psicoanálisis de Freud revelaba la dimensión inconsciente del sujeto; la industrialización alteraba la relación entre el hombre y la máquina.

 

En este contexto, el arte académico resultaba insuficiente. Representar la realidad ya no bastaba, porque la realidad misma se había fragmentado. Surge entonces la vanguardia como actitud de ruptura. El término, tomado del lenguaje militar, implica ir delante, abrir camino.

 

Las vanguardias no fueron simplemente estilos formales; fueron movimientos ideológicos y culturales que cuestionaron las bases mismas de la tradición artística occidental. La perspectiva renacentista, la representación mimética, la noción de belleza clásica y la idea de obra cerrada comenzaron a desmoronarse.

 

El Cubismo, desarrollado por Pablo Picasso y Georges Braque a partir de 1907, marcó un punto de no retorno. En obras como Las señoritas de Avignon, la figura humana se descompone en planos geométricos. La perspectiva única desaparece: el objeto es representado simultáneamente desde múltiples ángulos.

 

Este procedimiento no es arbitrario. Refleja una transformación profunda en la percepción moderna. El mundo ya no es estable ni absoluto; es relativo y múltiple. El Cubismo traduce visualmente una época en la que el conocimiento científico y la experiencia urbana fragmentan la certeza.

 

Socialmente, el Cubismo anticipa una visión crítica de la modernidad: el sujeto ya no es unitario, sino descompuesto. La identidad comienza a entenderse como construcción.

 

En Italia, el Futurismo encabezado por Filippo Tommaso Marinetti proclamó la glorificación de la velocidad, la tecnología y la violencia regeneradora. Los futuristas celebraron el automóvil, el dinamismo industrial y la energía de la ciudad moderna.

 

La Primera Guerra Mundial (1914–1918) destruyó el optimismo progresista. Millones de muertos evidenciaron el fracaso de la razón ilustrada. En este clima surge el Dadaísmo, movimiento que rechaza toda lógica, toda coherencia y toda noción tradicional de arte.

 

Marcel Duchamp, con su Fuente (1917), redefine la obra artística como acto conceptual. Un objeto cotidiano, descontextualizado, puede convertirse en arte si el artista así lo decide. Esta provocación cuestiona el sistema institucional del arte y la autoridad cultural.

 

El Dadaísmo es una respuesta directa al absurdo histórico de la guerra. Si la civilización racional produjo la masacre industrializada, entonces la irracionalidad artística se vuelve un gesto crítico. El arte ya no busca belleza, sino desmontar estructuras.

 

El Surrealismo, liderado por André Breton, exploró el mundo del inconsciente, los sueños y el automatismo psíquico. Influido por Freud, este movimiento buscó liberar la mente de las restricciones morales y racionales.

 

En obras de Salvador Dalí, Max Ernst o René Magritte, la realidad aparece distorsionada, onírica, inquietante. La lógica causal se suspende. Sin embargo, el Surrealismo no fue mera fantasía; aspiraba a una transformación integral del individuo y de la sociedad.

 

Las vanguardias del siglo XX no solo representaron la evolución social: contribuyeron a configurarla. Transformaron la noción de obra, ampliaron los límites del lenguaje artístico y redefinieron el papel del artista.

 

Además, las vanguardias abrieron espacio para nuevas voces, nuevas técnicas y nuevos soportes. El arte conceptual, el performance, la instalación y el cine experimental encuentran su raíz en esas primeras rupturas.

Más que simples estilos, fueron actitudes frente al mundo: ruptura, provocación, exploración y cuestionamiento. Al hacerlo, no solo registraron una época convulsa, sino que inauguraron la sensibilidad contemporánea.

 

Para Georg Lukács, la obra artística expresa una “totalidad concreta” que sintetiza las contradicciones sociales de su época. En cambio, Theodor W. Adorno subrayó la autonomía relativa del arte, entendiendo que su distancia crítica frente a la sociedad le permite revelar sus tensiones internas.

 

Pierre Francastel, desde la sociología del arte, afirmó que las transformaciones en la representación visual están ligadas a cambios en la estructura del espacio social.

 

Estos enfoques coinciden en que el arte constituye un campo donde se condensan las fuerzas históricas.

 

Si observamos el periodo que va de 2010 hasta hoy desde la perspectiva de las artes plásticas, podemos afirmar que vivimos una etapa de hiperconectividad, mutación tecnológica y redefinición del concepto de obra. No es una vanguardia con manifiesto único, sino un ecosistema múltiple, fragmentado y simultáneo.

1. Contexto histórico-cultural

A partir de 2010 el mundo entra en una aceleración digital irreversible:

 

 

Consolidación de redes sociales visuales (Instagram 2010).

 

 

Masificación del smartphone como herramienta de producción y difusión.

 

 

Crisis económicas persistentes.

Polarización política global.

Emergencia climática como eje ético.

Pandemia (2020) que redefine los espacios de exhibición.

Irrupción de inteligencia artificial generativa en el campo creativo.

El arte deja de depender exclusivamente del museo o la galería: circula, se viraliza y se legitima también en pantallas.

 Hibridación de medios

 

Se desdibujan las fronteras entre pintura, escultura, instalación, performance y arte digital. El artista contemporáneo trabaja con:

 

·        Video

·        Mapping

·        Realidad aumentada

 

Estética de interfaz.

Uso de memes, glitch, cultura gamer.

Ironía y apropiación.

 

La pantalla se convierte en nuevo lienzo.

Desde 2010 el arte retoma con fuerza la dimensión política:

 

·        Feminismos y perspectiva de género.

·        Movimientos antirracistas.

·        Migración.

·        Violencia estructural.

·        Ecología y colapso ambiental.

 

Muchos artistas trabajan desde lo comunitario, lo colaborativo y lo relacional.

 

Paradójicamente, frente al exceso digital, reaparece:

 

·        Pintura figurativa contemporánea.

·        Cerámica y textiles.

·        Oficios tradicionales resignificados.

 

Es una respuesta al vértigo tecnológico: volver al cuerpo, a la materia.

 

Hoy conviven:

 

·        Arte digital y NFT (aunque el auge especulativo bajó).

·        Instalaciones inmersivas.

·        Videoarte expandido.

·        Bioarte ¿?).

·        Arte basado en datos.

·        Pintura neo figurativa.

·        Escultura expandida con impresión 3D.

·        Arte experiencial para espacios híbridos (físico-virtual).

·        El museo ya no es solo edificio; puede ser plataforma online, experiencia VR o archivo interactivo.

 

Tendencias destacadas

 

·        Inmersividad (arte como experiencia sensorial total).

·        Interactividad (el espectador participa).

·        Globalización estética (mezcla de culturas).

·        Micro escenas independientes fuera del circuito institucional.

·        Autogestión y mercado directo artista-coleccionista.

·        Estética del archivo y la memoria.

 

Si tuviéramos que nombrarlo desde la historia del arte podríamos llamarlo:

 

·        Era posdigital

·        Neobarroco tecnológico

·        Hiperrealidad expandida

·        Ecología de imágenes ¿…?

 

Es una época donde la imagen ya no representa el mundo: lo sustituye.

·        Sin centro estético único.

·        Sin manifiesto dominante.

·        Con sobreproducción visual.

·        Con crisis de autoridad cultural.

·        Con expansión radical de medios.

·        Con cuestionamiento profundo del concepto de obra.

 

Es una etapa de transición estructural, comparable a la irrupción del Renacimiento tras la Edad Media o al quiebre moderno de inicios del siglo XX.

No estamos ante una vanguardia: estamos dentro de una transformación civilizatoria.

 

 

Así las cosas, el mundo sigue girando.

 

Hasta la próxima.

 

 

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