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EXPRESSO CORTADO

  • hace 2 días
  • 6 min de lectura

SUIZA

Gilberto Medina Casillas

Desde niño me preguntaba a mí mismo, sin comentárselo a alguien, ¿Por qué Suiza había permanecido neutral e intocable durante la segunda Guerra Mundial?

Me resultaba extraño, conociendo cómo a su alrededor el mundo se convulsionaba en una espantosa guerra.

Luego pensé en el Vaticano, Luxemburgo, San Marino y Mónaco. ¿Y pensé que acaso estos países insignificantes eran zonas de tregua para reabastecimiento, tránsito de tropas o refugios de damnificados?

Sin embargo, Luxemburgo fue ocupado por los nazis y casi queda destruido, San Marino supo jugar el juego de la guerra. Siendo fascista aliado de Mussolini cuando Estados Unidos invade Italia desde el sur, este país ‘dos caras’, se convierte en centro de refugiados italianos, pero más tarde llegaron los nazis y se apoderaron del sitio.

Mónaco se constituyó en banco de reservas confidenciales de ambos bandos, aunque sufrió pérdidas humanas y materiales cuando fue bombardeado ‘por error’.

En el caso del Vaticano, cuando los nazis ocuparon Roma en septiembre de 1943 tras la caída de Mussolini, comenzó la caza de judíos y opositores políticos, entonces el Vaticano abrió sus puertas y refugió a miles de personas en conventos, monasterios y en el propio palacio papal. Unos 5,000 judíos romanos salvaron la vida gracias a este asilo.

España estaba destruida por su guerra civil, así que ni fu ni fa.

Por su parte Portugal, mantuvo su histórica alianza con el Reino Unido, y firmó un pacto de no agresión con España (el Pacto Ibérico) para evitar que la península fuera absorbida por el Eje.

Irlanda, nación joven y empobrecida, se mantuvo al margen, pues no representaba interés alguno para el Eje ni para los Aliados.

Cabe añadir que la neutralidad sueca fue flexible y pragmática, inclinándose hacia donde soplaba el viento de la guerra. El acero y el mineral de hierro suecos eran vitales para la maquinaria de guerra alemana. Suecia continuó exportándolos a cambio de carbón alemán. En los primeros años de la guerra, Suecia permitió el tránsito de tropas y material militar alemán a través de su territorio hacia la Finlandia ocupada. Sin embargo, a medida que el Eje retrocedía, Suecia comenzó a apoyar activamente a los Aliados y sirvió de refugio para miles de judíos daneses y noruegos.

Hasta aquí he dado una visión amplia de los países europeos que quisieron o se mantuvieron neutrales, o jugaron en ambos bandos sin sufrir, a excepción de Luxemburgo, daños importantes.

Bueno, vayamos al tema central de esta entrega; Suiza.

Para comprender el comportamiento suizo durante la guerra, primero debemos entender el nacimiento de su marco legal: La Ley de Bancos de 1934, en la cual se tipificó como delito penal la revelación de la identidad de los titulares de cuentas.

Expone el sociólogo Max Weber que: “Durante el conflicto, la neutralidad militar de Suiza requería una contrapartida económica para ser tolerada por las potencias del Eje que la rodeaban. Este país operó bajo la teoría del intermediario necesario en un sistema de suma cero.

El Reichsbank alemán no podía utilizar el oro confiscado (tanto de los bancos centrales de los países invadidos como de las víctimas de los campos de concentración) para comprar materias primas en el mercado internacional (como el wolframio de Portugal o el hierro de Suecia), porque nadie aceptaba marcos alemanes. Suiza aceptó este oro, lo "limpió" otorgándole el sello suizo y entregó a cambio francos suizos, la única moneda convertible y respetada globalmente en ese momento.

Otros analistas opinan que el comportamiento de Suiza entre 1939 y 1945 es uno de los capítulos más complejos e intensamente debatidos por la historiografía contemporánea. Completamente rodeada por las potencias del Eje tras la caída de Francia en 1940, la supervivencia de Suiza como isla democrática se logró mediante una calculada combinación de disuasión militar, preconizada por la Alemania nazi, e interiormente por el pragmatismo económico y concesiones éticas (en realidad carentes de tal dimensión.)

Para muestra basta un botón, Suiza, en 1942, argumentando escasez interna de recursos y bajo el lema administrativo de que "la barca estaba llena" (Das Boot ist voll), las autoridades cerraron de forma estricta las fronteras a los refugiados civiles que huían por motivos raciales o religiosos. Suiza rechazó a más de 200,000 personas que huían y devolvió directamente a la Gestapo a más de 20,000 judíos.

Aun así, Suiza representa un caso excepcional en el concierto internacional. Su origen demuestra que un Estado puede forjarse sobre la base del pragmatismo, el federalismo y el respeto mutuo a la diversidad cultural y lingüística, prescindiendo del concepto clásico de un Estado-nación centralizado y homogéneo.

Tanto su pretendida (falsa) neutralidad armada durante la Segunda Guerra Mundial (coaligada a las fuerzas nazis) como el desarrollo institucional de su secreto bancario evidencian que, a lo largo de la historia, la soberanía y la prosperidad suizas no sólo dependieron de sus fronteras montañosas y en las mesas de negociación diplomática, convenenciera para atiborrar las bóvedas de sus bancos.

La fórmula helvética nos recuerda que la supervivencia de las naciones pequeñas en un entorno de superpotencias exige una combinación exacta de alianzas para la disuasión defensiva, excelencia industrial y un realismo geopolítico frío y pragmático.

Durante el resto del siglo XX, este marco legal convirtió a Suiza en la capital mundial de la gestión de patrimonios transfronterizos, estructurando su sistema mediante la distinción entre la evasión fiscal (considerado descuido administrativo que no levantaba el secreto bancario) y el fraude fiscal (uso de documentos falsificados, considerado, este sí, como delito penal).

Este robusto esquema financiero se mantuvo intacto hasta las primeras décadas del siglo XXI, cuando las presiones coordinadas de Estados Unidos (IRS) y de la OCDE forzaron a Suiza a desmantelar progresivamente el secreto bancario tradicional para clientes extranjeros, adoptando el estándar de Intercambio Automático de Información Fiscal (AEOI).

Para que esto sucediera, la develación de los ‘Papeles de Panamá’ fue un evento disruptivo que evidenció el uso criminal de la secrecía bancaria.

Detengámonos un momento para señalar qué son y cómo se usaron los ya muy famosos ‘Papeles de Panamá”.

Los Papeles de Panamá revelaron cómo algunas prácticas de realizar actividades financieras, comerciales o de inversión fuera del país de residencia del individuo o de la sede de la empresa.

Este movimiento facilitaba tres grandes actividades delictivas:

1.    Lavado de Dinero (Blanqueo de Capitales): El crimen organizado (carteles de la droga, redes de trata, venta ilegal de armas) necesita introducir sus ganancias ilícitas en el sistema financiero formal. Al canalizar el dinero a través de una red de sociedades pantalla en múltiples países, "limpiaban" el origen de los fondos hasta que era imposible rastrearlo.

2.    Cleptocracia y Corrupción Pública: Políticos y funcionarios desviaban fondos públicos y cobraban sobornos (como en el caso de Odebrecht), resguardando esa riqueza en cuentas numeradas a nombre de fideicomisos opacos en el extranjero. Esto genera una enorme pérdida de bienestar social y destruye la inversión pública.

3.    Financiamiento del Terrorismo y Evasión de Sanciones: Países bajo sanciones internacionales o grupos extremistas utilizaban estas redes para mover capitales y comprar tecnología o armamento militar evadiendo los controles de agencias como la OFAC de Estados Unidos.

De este modo, cuando la práctica ilegal de los Papeles de Panamá sale a la luz en 2016, que Suiza y los paraísos fiscales del Caribe (como Panamá o las Islas Caimán) operaban como vasos comunicantes. El dinero que se gestionaba en los bancos de Ginebra o Zúrich solía estar registrado a nombre de sociedades constituidas en Panamá.

Cuando los “Papeles de Panamá” expusieron esta red de conexiones, el impacto sobre el secreto bancario suizo fue devastador y definitivo.

Para los bancos suizos, la confianza y la discreción eran sus mayores activos intangibles. La filtración expuso que los principales bancos globales (incluidos colosos suizos como el entonces existente Credit Suisse y UBS) habían ayudado activamente a establecer miles de sociedades opacas para sus clientes. El desprestigio como costo reputacional se disparó, y la presión regulatoria de las grandes potencias (especialmente EE. UU. y la Unión Europea) se volvió insoportable.

Antes de las grandes filtraciones que culminaron con los “Papeles de “Panamá), Suiza sólo compartía información bancaria con otros países si existían pruebas judiciales contundentes de un delito grave bajo la ley suiza (donde la evasión fiscal simple no era delito penal, sino administrativo).

Desde una perspectiva económica, la evidencia de los “Papeles de Panamá” actuó como un catalizador que encareció drásticamente el "precio de la opacidad".

Al eliminar las asimetrías de información que protegían a los evasores, las filtraciones forzaron a Suiza a elegir entre la integración en el sistema financiero globalizado o el aislamiento y la sanción internacional.

La capitulación del secreto bancario suizo demostró que, en la economía del siglo XXI, la transparencia no es nada más un imperativo moral, sino una condición estructural para la viabilidad de cualquier plaza financiera de primer orden.

Cosa que en México el partido político fundado por el Rey del Cash, parece no entender.


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