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EDITORIAL

  • hace 2 horas
  • 2 Min. de lectura

Contradictoria desde el principio la política de la 4T, oscila entre la ocurrencia y el absurdo. Con el tema de las denuncias de Estados Unidos contra una larga lista de políticos morenistas ligados al narcotráfico y con la postura de la presidenta que deja muy claro que defiende a los narcos que les han financiado todas sus campañas y que han permeado al poder; es evidente que el estado de derecha ha sido pisoteado sistemáticamente por la 4T, es decir por morena.

Contradicción tras contradicción: miles de mexicanos están en la cárcel, como en Veracruz, por aquella absurda ley de “ultraje a la autoridad” que, por el simple hecho de no darle dinero a la policía, siguen presos, sin prueba alguna. Pero en el caso de señalamientos reales de nexos de sus políticos con el crimen organizado con expedientes y pruebas, la presidenta pide más pruebas para procesarlos.

Pero lo peor de todo, es que, aunque nos han embarrado en la cara, en todo momento, lo corruptos que son, sin escrúpulos y descarados y… aun así, la gente los sigue defendiendo. La única explicación es por la dádiva que reciben. Pero el adoctrinamiento y la enajenación son evidentes. Esas “mañaneras”, no solo hipnotizaron al pueblo, sino que lo “estupidizaron”.

Eso lo manifiestan diversos analistas internacionales que ven a Morena más como secta que como partido político. Advierten conductas intolerantes de sus simpatizantes, luego de que en distintos espacios políticos y mediáticos se intensificaran las críticas, que lo comparan más con una estructura de control ideológico que con un partido político.

El señalamiento no se limita a su dirigencia, sino que apunta directamente al comportamiento de sus militantes y simpatizantes, quienes, según estas posturas, replican discursos de manera automática, con escaso margen para el cuestionamiento interno. La crítica más recurrente gira en torno al adoctrinamiento, la enajenación y una aparente disciplina que, lejos de parecer institucional, es percibida como obediencia rígida.

Incluso, observadores externos han señalado que, en entornos digitales y públicos, muchos militantes actúan como si perdieran el control cuando alguien no comparte su visión, reaccionando con descalificaciones, ataques o una defensa incondicional del movimiento, lo que alimenta la narrativa de comportamiento sectario. Esta percepción ha encendido alertas sobre la tolerancia al disenso y la capacidad de diálogo dentro de sus filas.

Mientras unos defienden que se trata de una base política comprometida con un proyecto de transformación, otros advierten que ese nivel de alineación ha derivado en dinámicas de peligrosa manipulación colectiva, donde la crítica es vista como traición y no como parte de un sistema.


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