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CAVILACIONES DEL DR CATURRA

  • hace 2 horas
  • 3 Min. de lectura

El miedo a hablar de la muerte

 

Muchos aprendimos a no hablar de la muerte. Y eso que en nuestro país le hacemos fiesta cada año: ponemos altares, flores, comida e imágenes en honor a los muertos.  “De eso no se habla”. 

Sin embargo, prepararse para recibir lo inevitable es un acto de amor, no es pesimismo.

No tengamos miedo de asumir lo único que todos tenemos asegurado: un final. Aquí te digo cómo hablar, qué decir y qué frases evitar. Queremos ser sensibles, emocionalmente empáticos, también inteligentes.

En algunas familias, hablar de la muerte inminente de un familiar enfermo se toma casi siempre como si tuviéramos prisa de que esa persona fallezca. No. Prepararse es trazar un camino para todos. Diseñar una ruta. Es, en esencia, un trabajo familiar. Así el tránsito se hace más amable y sencillo. Sí, habrá dolor. Pero será más tolerable.

Sin preparación llega el caos, luego el enojo, la culpa, el dolor que se desborda. No se trata de ser indolentes o insensibles, se trata de ser facilitador de calma para todos los deudos.

Recordemos que el enfermo se da cuenta de que la familia sufre. Además del padecimiento que lo orilla a un final doloroso, percibe los problemas que ocasiona su mal. Regalarle paz es un detalle humano. Hace el paso hacia el desenlace más amable. Por eso hay que prepararse: repartirse el trabajo, el esfuerzo, los gastos, la organización y la despedida. Sin pleitos.

¿Cómo nos preparamos?

Para comenzar, la persona central es quien está próximo a despedirse. Ojalá facilite una lista de deseos. Que se cumplan en su partida. Eso libera muchísimo a los que se quedan. Les evita cargas innecesarias y vuelve más justo el duelo.

Para este noble fin existe la tanatología. Nos da herramientas para saber escuchar, entender que la muerte no tiene arreglo, aceptar el miedo y cerrar pendientes sin dramas. El duro momento nos pondrá a prueba a todos. Por eso es mejor tener conocimientos para saber qué hacer y qué decir.

Cada uno debe entender que somos finitos. Algunos nos vemos tan sanos que no creemos que la muerte venga pronto. Sin embargo, no sabemos cuándo vendrá. Así que el duelo comienza antes del final. Hablando de enfermos terminales, el duelo comienza oficialmente cuando una voz médica nos dice: “Ya no hay nada más que hacer, solo esperar lo inevitable”.

Una persona bien preparada vive ese tiempo con más presencia, sin evasiones. Aprovecha para expresar los sentimientos positivos: gratitud, perdón y comprensión. Evitar dejar pendientes es un tesoro para ambas partes, para quien se va y para el que se queda.

La tanatología no es el arte de morirse bien. Es el arte de sobrevivir al que muere sin rencores, miedos, arrepentimientos ni dudas. Tampoco se trata de pensar en la muerte todos los días. Eso no es vivir. El objetivo es enfrentarla en su momento y con solvencia. Quedarse en paz, tranquilos.

Yo defino la tanatología como la capacidad personal y familiar de darle acompañamiento humano a la persona cuya vida se está apagando.

Validar. El enfermo puede manifestar cansancio y miedo. En su mente quizás aparezca la ilusión de mejorar, el deseo de vivir más. Escuchemos. Apoyemos sus deseos. Que no caiga en pesimismo. Sin embargo, es amable hacerle ver cuándo la situación es inevitable y que hablarlo hace bien. Todos tenemos derecho a tener miedo. A no ser fuertes siempre. A sentir impotencia, coraje o que no es justo el final que nos aguarda.

Tomar el control. Sabemos que no podemos cambiar lo inevitable. Pero sí está en nuestras manos cómo transitarlo, cómo recibirlo. Me viene a la mente una poesía que recita mi padre centenario de vez en cuando, con su hermosa voz, con sentimiento, pero con amorosa seguridad: “En paz”, de Amado Nervo. Eso nos da tranquilidad.

La muerte nos ronda a todos, que mejor que nos alcance preparados. Es por la tranquilidad y el amor, de esto sí se habla, hoy conversar, ante el final, es el último regalo, dalo en vida. Cavilemos.

 


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